martes, 19 de mayo de 2015

Las cosas pasan...

Las cosas pasan…

Las cosas pasan porque tienen que pasar.
Al fin he comprendido que lo que no se puede no se debe.
Lo que solía preguntarme era por qué tantos cómplices.
No podía creer que el avaro dinero fuera el motor de fuerza
de rémoras de gente maleducada
que dice estar cerca de los artistas,
moviendo los hilos
de una cultura feroz y presumida.
Traté de entender el porqué de mi linchamiento obsesivo.
Propicié  la verdad en su lugar
como forma de belleza infinita.
Qué loco.
¿Dónde está el talento artístico del  detractor?
Cuando el psicoanálisis es solo una bella literatura
bregar por su fundamentalismo
es un síntoma de penetración abstracta,
por oscura inmodestia de fantasmas congénitos.
Disparate del egoísmo que  reina
y tiene como brazos ejecutores a los miserables,
malhadados, mezquinos de siempre:
Los instigadores de bombacha sucia,
continuadores del programa,
oficiando como satélites de la gran farsa universal.
La reflexión filosófica, su aprendizaje
inacabable,
inabarcable,
no cabe en sus escuetos planes de progreso.
Siguen buscando la mágica respuesta
a sus problemas de comportamientos  sociales,
en el vino embriagador del borracho
y en la desnudez de alquiler de secuaces de turno,
por ausencia de reglas éticas coherentes.
Cuando el móvil es un lucro perverso,
solo impregna malestar
esa voracidad de acumular valores
que no podrán usar en cien vidas corridas.
Aún en perjuicio de los Otros,
barren la cresta de la ola
con su monótono culto evocativo:
“enfermedad es pecado”,
“terapia es confesión”,
y no sienten vergüenza,
porque el pueblo adormecido los erige
en monumentos,
por temor de sus bocas de lobos acuciantes.
¿Y a santo de qué tanto pilar de inútiles encorvados
exhibiendo lenguas de trapo
y muñecos de nieve como trofeos antiguos?
El tiempo decantará material de primera línea del trabajo de creadores
y conservará estereotipos que ahora parecen míticos.
El tiempo humano, no el tiempo de los dioses
de la eternidad serena,
que como bien intuimos
se mofa de la gloria que puede extenderse
algunos pocos cientos de años,
para estos zafios vulgares del malvivir,
que exprimen su pastura beligerante
cavando su propia tumba en el desierto.


               

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