sábado, 16 de mayo de 2015

Un prólogo para Lucía


Un prólogo para Lucía:
Con el desparpajo que caracteriza a nuestra idiosincrasia argentina, con los rasgos de un temperamento particular dentro de la cultura rioplatense, mi espejo y mi espejismo: Lucía Angélica, a fuerza de compartir poesía y desenfrenos, sin manchar con sangre el espectáculo de la lírica, se presentó en mi casa, hizo añicos mi buzón de correspondencia incontestada  y me demandó un prólogo para su imprescindible libro: Venas al Menudeo.
Sus poemas a veces rebuscados, a veces simples, mayormente extraordinarios, no quedan diluidos en la memoria de nosotros, los gozosos y ávidos lectores, por la trascendencia que este pequeño gran libro provocará en la audiencia.
A partir de la vida real, esta rebelde con causa se ha portado como un titán mitológico con las Musas y con su paleta alucinante logró entrar en la historia de la poesía contemporánea, con la audacia que es menester en un verdadero poeta mayor.
Muchas veces se ha dicho que la poesía es manejo de la lingüística, conocimiento de la palabra exacta, recursos literarios, técnica, sonoridad, ritmo, cadencia, y algo más que resulta indefinible. Y no obstante ser eso cierto, y aunque los lectores de este poemario puedan o no coincidir en el gusto por la obra, nadie le podrá negar su intrepidez. Solo los valientes actúan como el autor de estos verseados.  Ahí está su  trascendencia espiritual y poética. Para decirlo con palabras de la autora: “anímate a ser caballo alado”.
La poesía opera como un modo de vivir en la utopía de optar por el camino del bien, con miras de continuidad de las civilizaciones letradas. No sabemos bien por qué ni para qué. No somos genios. Somos simples mortales. Solo sabemos que hay un deber ser que nos obliga a respetar normas de conducta milenaria, escritas con carbones encendidos en el horizonte de nuestro imaginario, para alcanzar la religiosidad que dé sentido a nuestras vidas y transmitir los conocimientos a las futuras generaciones.
No es mi intención pretender ser escrupuloso en materias académicas. Dejo a los profesores ilustrados ese designio. Mi objetivo es como nadie ignora crear polémica sobre el carácter deontológico de la poesía de nuestro tiempo. Despertar la sospecha y el recelo ante lo políticamente correcto, lo instituido, lo insustancial y lo ríspido. El ardid para que abran los ojos y el corazón.
Mi alter ego, prima del alma, lo comprendió perfectamente.
Lucía hace varias décadas que está proscripta por los países más poderosos de la tierra, por cuestiones de alta política, que no será sencillo explicar aquí. La Historia se ocupará de averiguar los motivos de su calificación de “extraterrestre”, la injusticia de su seguimiento orwelliano, el daño que se le hizo a la ciudadanía de a pie, en beneficio de imperialismos corporativos, religiosos, geo económicos y sociológicos deshonestos que alimentan la ficción republicana con sus torpes sucedáneos de crisis y recortes, que llevan a los hombres y mujeres del pueblo a la humillación, provocando un retroceso en la lucha por la igualdad social de doscientos años, como mínimo.
Conocí a la poeta de Avellaneda, mi entrañable marciana, pese a las admoniciones e imposiciones que los autodenominados reyes, súbditos de la monarquía, dictadores y mamarrachos le hayan infringido como un latigazo con orden de no innovar, a través de los inagotables dones que me ofreciera el fútbol.  Nadie ignora que el gran padrino de la AFA, don Julio Grondona, era oriundo de Sarandí, y que Lu nació y creció a la sombra de la perfidia inescrupulosa de quienes  pactaron con sangre: los encargados de silenciarla por órdenes “de arriba” que resultaban confusas o sin explicación real,  a la hora de pedir explicaciones por tal ostracismo. Solo nos quedaba jugar bien nuestro partido  y acatar los mandatos si no queríamos ser considerados prescindibles, hasta la expulsión total del banco de suplentes. La notoriedad que tuvo Maradona fue sin duda, un proceso de construcción mediática, que no estuvo alejado de la calumnia de militares y civiles que la hostigaban por boca del campeón que hablaba por aquella,  desde conferencias de prensa, declaraciones o notas relacionadas escritas o relatadas por periodistas mediocres, que a la larga demostraron que su único fuego sagrado era el de ser mercenarios del discurso  del tirano y del  presidente cuasi democrático de turno.
El periodista y escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán y el dibujante y cuentista rosarino “canalla” Roberto Fontanarrosa, (ambos, por desgracia, fallecidos a una edad en la que se hallaban en plena productividad) crearon con sus crónicas y obras una mística del deporte, alrededor de una pelota que no se quedaba quieta, dedicándose a enardecer a las hinchadas de uno u otro bando como si se tratara de verdaderas batallas campales, alimentando pasiones enfermizas  y no como una actividad que funciona en equipo, y que exige, como cualquier otra en la que se desee alcanzar resultados exitosos:  sacrificios, intuición, empatía social, estrategia, mucha práctica con los compañeros,  entrenadores avezados y un sinfín de profesionales de la salud, de las leyes, hombres de empresas que lo llevaron a configurarse como la mejor manera de adormecer el pensamiento de masas, quizás sin ser conscientes de ello. “Del pan y circo” griego, a “la pelota no se mancha” no existe tanta distancia como se podría aventurar at first sight (es decir, a primera vista de los enamorados).
Si idéntico empeño lo hubieran dedicado a hacer saber las perversiones del sistema e indagar las oscuras intenciones de los mandatarios y representantes populares (ya sean de facto o elegidos en las urnas),  nuestros países iberoamericanos no estarían padeciendo las crisis que hoy los aquejan.  El fútbol, señores, lo inventaron los ingleses, para conformar a los pueblos en los que meten su garfio para apoderarse de islas,  peñascos, zonas territoriales, territorios, economías regionales,  por medio de gobiernos diseñados desde la cúpula reservada a unos pocos, que “roben para la corona”, mientras nos venden sus abalorios de rock comercial, nos castigan haciéndonos creer que Shakespeare es superior a Esquilo y promueven con billeteras ilimitadas sus petulancias  cinematográficas burdamente republicanas de países que pretenden ser independientes campeones de la libertad,  como estandartes del museo de cera,  y muñecos de goma alusivos, que se compran en los locales de Disneyworld mientras vas tomando la gaseosa más famosa, cuya fórmula no podemos sino sospechar en una adivinanza del Acertijo, enemigo de Hombre Murciélago.
Un gol con la mano, no nos devolvió las Islas Malvinas. Dos mundiales no lograron que un país que fuera ejemplo de justicia social, terminara teniendo bolsones de pobreza y desnutrición insuperables y vergonzantes.
Quiero decir, que yo mismo, con todo el poder que me dio la buena fortuna del prestigio que legítimamente conseguí  ganar con mi trabajo, no fui capaz hasta ahora de levantar un dedo para abrir esa  Caja de Pandora de la que me he nutrido a lo largo y ancho de mi vida (Debería decir aquí “a lo largo y delgado de mi vida” y esperar las carcajadas de mi público acostumbrado al guiño y al chiste fácil).
En Antígona de Sófocles, se nos cuenta que “sometido fue el irascible hijo de Driante, el rey de los edonos, encerrado por Dionisio en una pétrea cárcel por su lengua procaz. Y así, destila, gota a gota, la flor de su locura, en su terrible violencia, y reconoció haber herido al dios en el desvarío de su mente, con palabras insultantes. Trataba en efecto de poner fin al entusiasmo de las Ménades y al fuego de las báquicas antorchas, y provocó a las Musas amantes de las flautas.” Verdades como puños en el caso de nuestra poeta.
Mi vida ha sido siempre una gesta dionisíaca, antes por demasías de la pluma conservadora de diarios que bajan línea,  que por excesos reales en las canchas de fútbol. Mis vicios siempre fueron más por el lado de la pasión por el deporte  y  la escritura que por las sustancias lícitas o ilícitas de las que nunca hice aprovechamiento para la promoción y marketing de mi carrera; trampa en la que cayó “el Diego”,  con sus contratos espurios en clubes mafiosos. Mi mente padeció el desvarío y hasta lancé palabras bochornosas contra la tribu, a quien mandaba al ruedo en privado (yo que  no soy taurino y que mis lances eran provocaciones de efecto al toro de lidia contra la belleza argentina, como alegoría).
Dejaré a consideración de ustedes si mis deducciones son correctas o incorrectas. Lo que puedo asegurar es que después de leer este libro, que pareciera escrito a las apuradas, con unos versos de pacotilla, por alguno de los dispendiosos y reiterativos de la poética oficial, sin gusto ni gracia por el arte recargado de sitios comunes e infantiles, es otra cosa. Vuestra vida dará un vuelco: habrá una iluminación intempestiva que no podrán definir con palabras ni con sinestesias, metáforas o cualquier recurso conocido y abusado por los copistas líricos. No estoy exagerando, aunque me gustan las hipérboles. No quiero comparar esta obra con ninguna, puesto que no admite símil.
Hablo de cosas más prácticas. De visiones de un mundo en el que animarse a violar los decretos del rey abusador nos reconecta con la tragedia de Sófocles. El Hades nos espera a todos por igual. Los infernales subterráneos a los que iremos a parar serán compartidos por buenos y malos. Pero, después de pasar por un ateísmo confeso y obstinado aprendí que los dioses están entre nosotros y ninguna voluntad de majestades satánicas  va a destruirlos ni devorarlos.
El hombre solo puede apetecer aquello que ama y ese impulso exige una autoeducación de la que algunos pensábamos que era plausible de omisiones y que podríamos sobrevolar el campo de juego sin consecuencias sobre nuestras personalidades. Y, yo amo a “la pelota” como amo a mi musa.  Qué carajo.
Alguien tenía que decirlo.
Uno de los primeros héroes de mi reconvención, a quien deseo mentar, por su caballerosidad es el periodista uruguayo Daniel Viglione, quien arremetió publicando una entrevista “falsa” escrita entre él y Lucía, quien firmó la nota como Joaquín Sabina, en el diario El Observador de Uruguay a fin de dar un zarpazo a los ridículos exponentes de un proyecto impopular e insensato de su país, aliado de los jerarcas de la Orden de la Jarretera española. Unos días después, algunos personajes nefastos de los servicios judío-sionistas de la masonería y francmasonería, hicieron volver atrás la soflama y obligaron a su director a una desmentida. El diario El País del grupo Prisa, tributario de grupo Bilderberg, exigió una alusión en la que se debía hablar de “una fan de esas locas” para memorar el asunto y dar por finalizado el tema, a pesar de que por aparecer el novelón en una radio de gran nivel de audiencia en Argentina, conducido por un reconocido fan de Lucia desde hace años, que mencionó varias veces su nombre y apellido, el gobierno oficial –que fue reelegido por la falta de compromiso de energúmenos que ocultaron el desastre- ordenó quemar –a modo de escarmiento y como advertencia- doscientos metros de antenas de esa radio y de otra del mismo grupo empresarial  (Pop y Mega transfiriendo el conglomerado de medios  a manos de un cultor del cristi-cinismo). En efecto, el amordazamiento de la prensa tiene fuertes tintes totalitarios.  De colores, todos.  
Me viene a la mente, un tipo de personas, que sin embargo son mis buenos amigos, de las que deberíamos guardarnos porque fueron, al igual que yo, cómplices dilectos de la omertà mafiosa de los servicios de inteligencia impuestos por Bush, Truman y sus descendientes directos e indirectos,  de quienes tanto se habla a raíz del resonante caso del fiscal Natalio Nisman Garfunkel. Lo que nuestra Lucía denomina: la sinarquía internacional de Naciones Unidas,  bajo la órbita de los países angloparlantes y fundamentalistas extremos. De la antigua prohibición de libertad de prensa al caso Nisman y la amenaza que imprime a un Poder Judicial que debería ser independiente del Poder Ejecutivo, solo hay un escalafón.
Ni Luis García Montero, ni  Mario Vargas Llosa, ni Arturo Pérez Reverte, ni  Antonio Muñoz Molina, ni J. J. Benítez, ni Joan Manuel Serrat,  ni Pere Gimferrer, ni Juan José Millás, ni Félix de Azúa, ni Gabriel García Márquez, ni Sergio Ramírez, ni Juan Gelman, ni Fernando Sánchez Drago,  ni los trovadores latinoamericanos y españoles, desconocían nuestra devoción como barrabravas, por Lucy in the sky… y su situación de presa virtual de la tecnología de telefónicas y espionajes industriales de la CIA. Y sin embargo, nadie, absolutamente ninguno de estos “grandes hombres” de la Literatura Hispana, fue capaz de mover un dedo para la liberación de su nombre. Sus ligeros impulsos nacionalistas burgueses no pudieron comprender que estamos transitando un nuevo mundo global (y no estoy diciendo globalizado, no permita la Virgen) y que la democratización del conocimiento tocó las puertas del patio de atrás.
Argentina, por mucho que le pese a la hipocresía del exrey Juan Carlos y asociados y al desgobierno de la familia tiránica Fernández/Kirchner/Sion, Argentina, repito, tiene destino de liderazgo intelectual y lo han mancillado durante demasiados años.  
Y llega un gran poeta andaluz, radicado en Valencia, la  abraza con humildad, le ofrece escribir un prólogo de su magnífico libro de versos  y lo desvela con la sencillez propia de las buenas gentes. Le pide un poema a la ejemplar musa epistolar (un poema magnífico en donde ella declara que ha perdido la fe en los hexámetros… y no es para menos) y, ahora vengo yo a sumarme a su coraje  y aprovecho para meter cizaña contra estos funcionarios del Rey, lacayos serviles de las monarquías, que se jactan de tener una Ética que solo se beneficia del apaño porque son herederos del dictador Franco, de Adolfo Suárez, de Felipe González, de José María Aznar, de José Luis Zapatero, del impresentable Mariano Rajoy, que supieron amordazar y maniatar como víctima preferida a nuestro lucero inspirador dentro y fuera de la cancha y consideraron que homenajear su ausencia era el mejor modo de abortar las ideas de la Liberación Peronista y del Mayo francés de que decían ser jueces y parte.
Para finalizar, quiero agradecer al Rey Felipe IV de España, que me ha autorizado  dar a conocer esta historia, en el que “la pelota que pateaban” era una argentina apasionada por el Derecho y la Poesía, que la gran mayoría de los habitantes no sería capaz de reconocer por en un bar.
A modo de coda, citaré unos párrafos de Lucía, publicados en la red, bajo el título de Prosas:
“Cada letra es una ceniza del extenuado corazón; la blancura de los pétalos de un jardín amarillento; el aliento atesorado en una flauta prodigiosa; el pan y las confituras de tu mesa vacía.
Arrepiénte. No te arrepientas de nada. Duda. Ten la certeza de no dudar. Grita. Calla. Explícate. Vacila. Sopla. Ruega. Vende.  Regala. Compréndete. Pierde. Compra. Salta. Trueca. Olvídalo. A Dios tus pequeñas manías le dan lo mismo. Tu tramo  está sellado entre líneas y símbolos azarosos de una perfección incalculable.
Arriésgate a vivir fuera de las palabras y soñar con ellas.”


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